La geografía de la comarca de La Safor se identifica a menudo con llanos litorales ocupados por naranjos y una extensa franja de arena que acoge una animada clientela del turismo de sol y playa. Pero es una visión muy parcial de esa realidad. Cadenas montañosas, macizos y valles hacen de La Safor, por el contrario, una comarca con vocación compartida de mar y montaña.
Presionando desde el interior, montañas más o menos cercanas al mar, han obligado a que las poblaciones crecieran buscando el corredor litoral –por ser un emplazamiento más cómodo para su expansión- y eso les ha forzado a mantenerse distantes de las cimas, alturas y rutas de montaña que esta comarca ofrece al visitante. Alcanzar en un corto trayecto alturas de 1.000 metros sobre el nivel del mar no es ninguna utopía en La Safor. Llegar a esa cota, empeño relativamente fácil, permite disfrutar de unas vistas panorámicas del Mediterráneo realmente fascinantes.
Villalonga constituye la población por excelencia que se ofrece como puerta de entrada a ese interior y a esas montañas olvidadas. A la vez no olvida la tradición citrícola y rural del llano litoral. Mar y montaña, llano y cima, representan la dualidad física de este municipio que nos acogió por unas horas recientemente a los escritores y periodistas de turismo valencianos, para poder conocer sus valiosos recursos naturales y sus recientes conquistas industriales y urbanísticas.
Durante toda la jornada sobre nuestras cabezas se proyectaban las crestas desafiantes del insólito circo de la Safor, espacio abierto en el extremo septentrional del macizo del mismo nombre, que limita con las comarcas de La Vall d’Albaida y L’Alcoiá. Su majestuosa presencia no se puede olvidar en este viaje. El botánico Cavanilles ya lo describió como uno de los recintos más preciosos del antiguo Reino de Valencia. ¿Será un glaciar, será un cono volcánico adormecido, será simplemente un capricho de la naturaleza, será un extraño ejemplo de erosión producida por las aguas?
Todas estas preguntas se agolpan en la mente del excursionista, al que se le ofrecen varias rutas para ascender a sus 1.011 metros bien por una senda abierta por su lado derecho, hasta alcanzar el mirador de La Finestra, o bien por su parte posterior, que ofrece una pendiente más suave. Antiguos neveros y panorámicas de la isla de Ibiza esperan al excursionista en la cima tras dos horas y media de camino.
De todos modos nuestro grupo optó por la opción más cómoda, contemplar el paisaje desde su cota más baja y adentrarnos a pie en el camino que marca el antiguo trazado del tren Gandia-Alcoi por el Racó del Duc y L’Estret de l’Infern, el legendario tren dels anglesos. El río Serpis, también llamado Alcoi aguas arriba, acompaña la plataforma del desaparecido tren por una agradable vía verde, a la que se le ha salvado por fortuna de un destino para tráfico rodado que pretendía dar servicio de salida a la costa a determinadas urbanizaciones de municipios interiores. Ocho túneles van atravesando la montaña hasta alcanzar el municipio de L’Orxa. Este tren, desaparecido en los años 60, abasteció de carbón inglés durante largo tiempo a la industria alcoyana (en realidad el proyecto de trazado fue británico) De vuelta a la costa llenaban sus vagones de mercancías con apreciadas manufacturas y productos agrícolas que se embarcaban en el puerto de Gandia. Estos parajes ya han olvidado el chachachá del tren y ahora se adormecen con el vuelo de las aves, con una riqueza botánica importante y conservando olvidados testimonios de arquitecturas destinadas al aprovechamiento de los saltos de agua.
Otro paraje que visitamos con verdadero placer, acompañados en todo momento por el alcalde de Villalonga, Juan Ros, y los técnicos de Medio Ambiente del paisaje protegido del Racó del Duc, fue la ermita de Sant Antoni y Santa Bàrbera, construida en el siglo XVIII, sometida a una respetuosa rehabilitación. Desde su cima se desciende por un popular vía crucis situado en una ladera que se ha transformado en un nuevo parque para el pueblo, a espaldas de las casonas solariegas de la población. Esta mejora de un espacio público olvidado forma parte del afán de la actual corporación de hacer de Villalonga un pueblo tranquilo, con numerosos lugares peatonales, respetuoso con espacios antiguos (lavadero, paseos, rincones de convivencia y charla), habitable para vecinos y extraños. Los barrios populares de L’Alcúdia y Cais ilustran también esa pretensión municipal. Vecinos de toda la vida comparten estos barrios con nuevos residentes, jubilados y jóvenes británicos, que buscan en La Safor un estilo de vida que no encuentran en su país. Es fácil ver matrículas inglesas en los aparcamientos del pueblo.
Merece un comentario especial en esta crónica viajera el hotel rural Casa Babel, situado en la céntrica calle Tarrasó. Unas pocas habitaciones, cada una con decoración diferenciada, acogen a unos clientes dispuestos a convivir en un ambiente de amor por el pasado de Villalonga y de la comarca. Objetos, muebles, pinturas, gastronomía, remiten a una memoria cotidiana que se pretende conservar en convivencia con las más modernas técnicas de hostelería de sofisticada calidad. En la recepción un libro dedicado al tren dels anglesos indica que estamos pisando un territorio descubierto anteriormente por los británicos. En la comida que nos ofreció el Ayuntamiento el blat picat ocupó el centro del menú, con razón, ya que es el plato por excelencia del municipio, objeto de un concurso anual que se celebra a finales de febrero.
Un tiempo de nuestra jornada lo dedicamos a conocer las naves de pastelería tradicional de Dulcesol. Todo comenzó en la antigua panaderia de toda la vida del pueblo. Ahora la gestión de la industria la desempeña una eficaz empresaria que garantiza una puesto de trabajo a centenares de familias de la comarca y distribuye su mercancía por numerosas redes de supermercados de dentro y fuera de España. Parece que la crisis en esta empresa no ha hecho mella pues los últimos años no ha vivido del crédito y se han reinvertido las ganancias en mejora de instalaciones y tecnología.
Nuestros últimos pasos por Villalonga estuvieron dedicados a sus dos templos: el de la iglesia institucional, la iglesia dels Sants Reis, del siglo XVIII, y la popular y luminosa capilla de la patrona Mare de Deu de la Font, aparecida en el Serpis. Una y otra iglesia ilustran maneras muy diferentes de practicar la devoción de un pueblo. Cuando salimos de Villalonga en autobús para regresar a Valencia se vino con nosotros el rumor del agua que permanentemente cae por los dieciséis caños de la antigua fuente que luce en el centro del pueblo.



